YO ME QUEDO EN CASA BEBIENDO VINO

Los lineales vacíos de los supermercados nunca fueron tan explícitos, muestran una imagen clara y real de nuestros miedos, ansiedades, preferencias culinarias y hábitos alimenticios.

Ya sabemos que no podemos quedarnos sin palomitas, que los amantes del brócoli son una minoría, que no podemos renunciar a la pechuga de pollo y a los muslos de pavo y que el bidet es aquel gran desconocido que ocupa nuestros baños.

Pero pase lo que pase siempre llevaremos una copa de vino en la mano.

Nuestro bar favorito será el Balconing, quedaremos para un Face Time, pero nunca olvidaremos nuestra copa, nuestra terrenal arma contra el enemigo invisible.

Navegando en un rojo mar de Monastrell, volvemos al recuerdo de nuestras tierras calcáreas y pedregosas, a la fuerza del sol de verano en el interior del Mediterráneo, y como por magia agitando la copa, nos sentimos embriagados por el romero, la salvia, el tomillo.

Cerramos los ojos y percibimos la estructura de la madera del roble, que deja el recuerdo de los paseos por los bosques de montaña.

Hasta que quede vino seguiremos viajando a través de nuestras copas.

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